Story
En julio de 2019 tuve mi primer episodio de meningitis. Empezó con un dolor de cabeza insoportable y fiebre durante la noche. Vomité a las tres de la madrugada y me sentía muy mal. Mi esposa notó que algo no estaba bien y después de hablar con su prima la Dra. Silvia Rivero, me llevó de inmediato a urgencias. Después de recibir los resultados de análisis iniciales, su prima guió por teléfono a mi esposa para hacer un pre diagnóstico:
“Chécale las pupilas ¿están dilatadas?, a ver, necesito que revises su cuello ¿está rígido?, explícame bien ¿cuándo vomitó tuvo náusea antes o fue vómito proyectil?…”
Ella fue quien contactó al internista infectólogo, el Dr. Javier Villagroy Gómez, quien llegó a realizar una punción lumbar y confirmar el diagnóstico, se trataba de meningitis bacteriana por neumococo, me administraron inmediatamente los antibióticos necesarios y horas después recuperé consciencia. Para ese entonces ya había corrido tres maratones en mi vida y el doctor le decía a mi esposa que, aunque no podía garantizarle nada respecto a mi mejoría, se notaba que era corredor y que mi cuerpo estaba poniendo todo lo posible para recuperarse.
Pasé algunos días en terapia intensiva, pero logré salir adelante. Solo tuve afectada la visión por unos días y, con el tiempo, volví completamente a la normalidad.
Dos años después, ya recuperado corrí el maratón de Berlín de 2021 y me preparé para correr Nueva York en 2022, pero después de sentir que seguía fortaleciéndome, seguía sano, en diciembre de ese mismo año, mientras estaba de vacaciones visitando a mi familia en Estados Unidos, la historia volvió a repetirse.
A medianoche comencé con un dolor de cabeza intenso y fiebre de 40 °C. Mi esposa reconoció los síntomas de inmediato: “te ves exactamente igual que la primera vez”, me dijo. Me llevaron al hospital, aunque al principio no querían admitirme porque “no me veían tan mal”. Mi esposa y mi cuñado insistieron hasta que finalmente me admitieron para revisarme. Poco después dejé de poder hablar y comenzaron los síntomas neurológicos. Tras realizar varios estudios, confirmaron nuevamente el diagnóstico: meningitis bacteriana.
Los médicos de allá no podían creerlo “siempre que llegan casos de meningitis, llegan mucho más avanzados, después de muchos días de sentirse mal, por eso no lo creíamos”, se asombraban de mi rápida recuperación y la atribuían a la velocidad en la atención médica que pude recibir.
En ese segundo episodio, pasé año nuevo en el hospital, me perdí el primer cumpleaños de mi segunda hija el 3 de enero, pero pude verla por videollamada y afortunadamente al día siguiente pude festejar mi cumpleaños en el hospital ¡un año más de vida! para más tarde, regresar a mi familia, tan solo unos días después de haber sido hospitalizado.
Debido a que era mi segundo episodio, los médicos decidieron realizar estudios exhaustivos: resonancia, tomografía, revisión cardiaca, pruebas de VIH y muchos más, creían que tendría que tener un defecto anatómico o estar severamente inmunocomprometido para haber tenido meningitis por segunda vez. No encontraron ninguna causa que explicara la recurrencia.
Regresé a México para que mi médico revisara todos los resultados, y después de múltiples evaluaciones concluyeron que, probablemente, había sido una muy mala coincidencia. Me aplicaron un programa de vacunación extendido y me dieron el alta.
La tercera vez fue la más dura… y también la más significativa.
Soy originario de Coatzacoalcos, Veracruz, una ciudad pequeña al sur de México. Era la semana de Navidad, y habíamos viajado para pasar las fiestas con mi mamá. Ella tiene una pastelería, así que fui a ayudarla la víspera de Navidad, cuando más trabajo tienen.
Esa noche, mientras me preparaba para la cena de Nochebuena con mis hijas —que estaban emocionadísimas—, comencé a sentir un dolor de cabeza intenso. Pensé que era por el calor y decidí recostarme un rato. Mi esposa, con el instinto que tiene, quiso tomarme la temperatura. Era normal, pero algo no la convencía: decía que me ponía la mano en la cabeza, exactamente como las veces anteriores. Todos pensamos que era solo ansiedad después de lo vivido, pero el dolor no cedía.
Preocupada, mi esposa llamó a su prima Silvia, quién le recomendó comunicarse con Javier mi doctor, de inmediato:
“Más vale prevenir que lamentar.”
Poco después, la fiebre subió y comenzaron los síntomas neurológicos. Dejé de hablar y tuve vómito en proyectil. Era evidente que debía ser trasladado a la Ciudad de México, donde estaba mi médico y un hospital con los recursos necesarios. Silvia y Javier coordinaron el envío de una ambulancia aérea, aunque no podía aterrizar hasta la mañana siguiente.
Mi esposa sabía que lo esencial en la meningitis era recibir atención inmediata, preguntó qué podía hacer mientras esperábamos pues por la fecha, el permiso de aterrizaje de la ambulancia no salía, además había neblina y no se sabía si podría aterrizar temprano, Javier le indicó aplicarme antibióticos y corticosteroides, Silvia le enseñó cómo hacerlo por videollamada, a las ocho horas, la ambulancia todavía seguía retrasada, lo aplicó otra vez.
La ambulancia finalmente llegó a la mitad de la mañana de Navidad. Cuando aterrizamos en el hospital en la CDMX, los medicamentos ya habían hecho efecto: había recuperado consciencia y había vuelto a hablar.
Mi médico estaba contrariado; pensó que podría tratarse de una enfermedad autoinmune poco común. Repitieron todos los estudios del año anterior y, finalmente, un examen muy específico reveló la causa: tenía un orificio de un centímetro en la base del cráneo. Probablemente era más pequeño al principio motivo por el cual no se había detectado anteriormente, pero había crecido con cada episodio.
Un mes después, el 27 de enero de 2024 la Dra. Marité Palma, me realizó una cirugía reconstructiva de la base del cráneo, y desde entonces he estado completamente bien, tanto que con autorización médica logré volver a entrenar, esta vez no desde 0 sino desde -100, para correr Tokio 2025.
He leído muchas historias y, cada vez que recuerdo la mía, me siento profundamente agradecido por haber recibido atención médica oportuna y por haber tenido tanta suerte.
Hoy siento una responsabilidad personal: la de crear conciencia sobre la meningitis para que más personas puedan reconocer los síntomas a tiempo y recibir el tratamiento adecuado.
Participar en esta causa es muy importante para mí y para mi familia, súmate a nosotros para juntos seguir generando consciencia para salvar vidas.
